Siente tus gordos y gelatinosos dedos hirviendo al rededor de la loza caliente, el oscuro liquido en el interior de una simple taza, que te evoca viejos tiempos, no se si añorables, quizá más detestables. No es ese el punto que circundo.
Con el ferviente acordeón destruyendo todo concepto en mi cabeza surgen dudas, se que conoces muchas de las respuestas, mezquino, se que no puedo romper tu armadura férrea. Llega a irónica esta situación, como una escena de esas películas que no se que abuela, ancestra de tus ancestros admiraba, sentada en ese sillón, ese sillón que de viejo ya ni de desecho sirve.
En mi mente ya me rendí, pero voluntad es poco para dejar de sostenerte la mirada esa mirada cansada de mirar, porque vio todo lo que tus ojos pueden ver, que esos ojos ya robaron todos los momentos que pudieron robar y ahora encerradas esas ánimas en tus ojeras que aparentan sabiduría. No, ya no se le puede llamar apariencia, porque no lo es, es hecho. Viejo sabio.
Cuando el poderoso y para algunos magnífico sol da el paso a la triste y opaca luna, ese astro que ampara el mal bajo su frío manto de desdicha, ese manto que los más sufridos se ponen. Solo en ese momento me dices, sin al menos pestañear , cuando ya atravesaste toda mi alma con tu pupila.
-Lárgate.
Se que lo dices con decepción, te decepcioné, inútil sería rectificar, no hay segundas oportunidades, son apariencias que conducen a abismos que voces viejas cuentan que atraviesan la tierra, porque nunca nadie escuchó retumbar una sola piedra en su esperado pero inexistente final.
No hay comentarios:
Publicar un comentario