domingo, 10 de junio de 2012

El cuervo

Al final me logré dar cuenta porque me había pasado todo, ese montaraz con el gorro de cuervo me lo dijo y nunca lo escuché, sabía como hacer las cosas y yo lo pase por alto. Traía consigo el antídoto para curar la herida que yo aún no tenía. 

Me sorprendió una mañana un color extraño en mi mano, no sabría decir que era pero se hacía notar como si fuera su deber último en la existencia. No le presté atención y seguí hundiéndome en el circulo vicioso del tiempo que camina en torno al mismo castaño siempre como si a cada paso que da olvidara el anterior. Después de varias monótonas vueltas, la mancha de la mano se había esparcido llegando casi al pecho, agrupándose donde los astutos médicos dicen que está el corazón. Aún no sabia que significa.

La situación ya está escapando de mis torpes alcances, soy como una mosca en un frasco de vidrio, demasiado grande para haberme dado cuenta antes de que estaba atrapada. La mancha ya esta afectado todos mis sentidos, se acaba el oxígeno dentro del vaso. 

Mientras caminaba por una acera, ya desesperado, díscolo alguien me tomó del cuello, sin dejarme verlo, sin dejarme al menos saber quien era. Cuando desperté de quizás que truculento artilugio vi frente a mi un hombre de mirada cansada, que inspiraba un aire de sabiduría pero que tenia que, al igual que todos, someterse a esas caminatas al rededor del castaño (últimamente me decidí a llamarlas rutina). Agobiado le pregunte que le pasaba al viejo maldito, porqué me raptó. Intentó explicarme, intentó ayudarme pero no lo escuche, tanta cólera acomulada explotó en un golpe certero, directo al sujeto, me dio tiempo suficiente de escapar de sus manos sabias, cometiendo el acto más estúpido de mi asquerosa existencia, viendo la aleta de su sombrero de cuervo en el suelo.

Tanto tiempo después me doy cuenta, la gente buena siempre tiene lo peor, el montaraz intentó salvar la exasperada vida que yo tenía, pero mis ojos sordos no atendieron. Ahora entiendo el veneno de mi mano, era la soledad angustiante a la que le abrí la puerta y deje hacer estragos en mi morada.

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